Temporal de viento y recuerdos
"El domingo fue un día donde el viento se apoderó de las calles. Los árboles le hacían reverencia a su paso y desprendían de ellos sus otoñales hojas adornando remolinos de tonos anaranjados" (Yo, simplemente inspirada en este otoño 2008).
Se me vinieron a la mente recuerdos de cuando vivía en la casa de mis abuelos.
Una tremenda casona, con un jardín poblado de calas, rosas, cardenales, rayitos de sol, laurel de flor color rosa, helechos, palmeras, cactus y otros tantos que no se su nombre.
El patio tenía un inmenso parrón, testigo de tantos matrimonios, cumpleaños sorpresa, navidades, años nuevos, renovación de votos, fiestas patrias y cuanta celebración se nos ocurría, se hacían ahí, en la casa de mis abuelos.
En invierno me daba miedo salir al patio, no había caso de que me convencieran, porque era tan oscuro que no se veía de la ventana hacia afuera y entre tantos árboles, manzanos, ciruelos, duraznos, damascos, limones, naranjos y 3 parrones cargados de uvas en su época, cedrón – mi favorito, por el delicioso aroma y sabor con que acompañábamos el té – estaba también el olivo al fondo del patio y su eterno compañero, un imponente eucaliptus, del cual mi abuela sacaba hojas y ponía a hervir, en invierno, sobre la estufa, especialmente para los enfermos con gripe.
Los temporales hacían que la casa se estremeciera con la fuerza del viento y todo crujía.
Una noche, mientras todos dormían, sentí que alguien andaba en el pasillo - que era de madera y de tan brillante que lo mantenían después de un largo proceso de envirutillado, encerado y sacado brillo uno se podía ver reflejada en él – y comencé a sugestionarme.
Estaba aterrada, metida hasta el fondo de la cama.
De pronto sentí que la puerta de mi habitación se abría lentamente e ingresaba una luz tenue, acompañada de quejidos con los que ya no me daban ganas ni de respirar para que no me descubrieran.
Sentía que me ahogaba, pero el pánico pudo más y no asomé la nariz en ningún momento, ni quise ver de qué se trataba.
Alguien recorría la pieza de esquina a esquina mientras murmuraba con voz ronca, pero muy bajito, y de la luz saltaban chispitas que podía ver a través de las sábanas.
Esa noche no pude dormir de tanto miedo que tenía.
Al día siguiente, a penas se asomó el primer rayo de sol, salí de mi pieza y me fui corriendo a contarle a mi mamá lo que había pasado...
Era mi abuela, que recorría todos los rincones de la casa, con una vela y romero encendido - por eso saltaban chispas - y hacía la siguiente oración:
“Que salga el mal y que entre el bien, como entró Jesús en Jerusalén”.
Años más tarde, en las noches de invierno, mi mamá continuó con el ritual y yo la acompañaba, porque me daba miedo quedarme sola en la pieza.













